noviembre 15, 2005

la rosa purpura del cairo

Yo flameo alrededor encantado, como siempre. Pocas veces una polilla tuvo tanta raíz.
Fueron esos cinco minutos entre que me abrió la puerta, atontada, y salí y volví de la panadería, los que tuvo para soñar conmigo, decía cuando volví. Y su sueño era tan infantil como ella, tan vigoroso y claro. Corríamos a los codazos por una escalera, compitiendo como hermanos, nena y nene. Ella pedía reglas justas, y que no se usara por lo tanto la fuerza la fuerza de varón que ella no tiene, mientras tironeaba del codo de mi remera, tratando de sacar ese paso de diferencia.
Al llegar a la puerta de su casa, que era igual pero diferente que la habitación en que me contaba esto, descubríamos que había gente viviendo dentro. X pensó –me confesaría ahora, fuera del sueño- que se había equivocado de casa, pero que eso no era importante, mientras pudiera convencer a los otros de que ellos eran los que se habían equivocado, así que los increpaba, a su manera sutil: “¿de que película saliste vos?”.
Me lo explicó, y realmente todo esto tenía sentido, en su sueño. Siempre fue mi versión femenina de Tom Sawyer.
Aunque yo le siga ganando las carreras por el pasillo del edificio.